¿La verdadera felicidad cuesta dinero?

Vivimos en una sociedad en la que todo va muy deprisa, en la que el tiempo se mide a golpe de click, y en la que la palabra se convierte en un tweet o en un retweet. En lo que lo aparente, a veces le damos más importancia, que al fondo.

Una sociedad que nos impulsa a correr, a no pensar demasiado. Y en la que la cultura del yo predomina demasiado. Y en la que lo material es lo que nos define. Lo que tenemos es lo que somos. Un momento, tengo que mirar el móvil, me acaba de vibrar. Ya termino, envío este whatsapp, y ya te escucho. A veces, creemos erróneamente que tenemos familias perfectas, parejas perfectas, y que nosotros mismos somos perfectos. Que ser feliz es vivir algo emocionante, excitante, por eso compramos experiencias rápidas, intensas. Tener y enseñar al mundo, eso es lo que nos llena, y no nos percatamos que nosotros mismos somos parte del problema.

Paremos.. pensemos.. tomemos aire… pero, ¿cuánto vale la felicidad?

La vida que pensamos que es perfecta, igual no lo es tanto, ¿o sí? Cerremos los ojos por un instante y visualicemos todo lo que tenemos. Y pensemos qué cosas podríamos hacer desaparecer y no significarían nada. ¿Son muchas verdad?

Algunas tribús necesitan 8 horas a la semana para tener lo necesario para vivir. Una pareja occidental necesita 8 horas al día para conseguir lo necesario para vivir.

Menuda paradoja, ¿verdad?

Hay cosas que hacemos a diario:

Comprar un móvil nuevo, cuando el viejo aún funciona.

Comprar comida muy empaquetada.

Comprar ropa, que no necesitamos, pero así vamos a la moda.

Comprar por comprar, aparatos que usaremos un par de veces.

Y esto, que parece insignificante multiplicado por millones de personas que vivimos en los países enriquecidos, es devastador para el planeta, e incluso para nuestra propia supervivencia como especie. Consumimos el planeta, y no nos damos cuenta.

Si verdaderamente en las etiquetas de los productos que adquirimos pusiera realmente la otra cara: la carga de CO2, lo que se paga al que los fabrica, etc. Puede ser que esa camiseta, pantalón o camisa nueva que vamos a estrenar la haya fabricado un niño o una niña en “fábricas del sudor”.

Todo está en nuestro cerebro. Y los que se dedican a vender, lo saben. Trabajan con nuestras emociones, y activan nuestros “sensores” para que compremos sin pensar. Pero, podemos optar por alternativas: slow food, kilómetro cero, mercados de proximidad, viajes solidarios, reciclaje, aprovechamiento de los recursos, comercio justo, comida orgánica, etc.

Debemos vivir de otra manera, sino lo hacemos por nosotros mismos, el planeta lo hará.

Hay que reivindicar lo sencillo, lo cercano… porque para vivir no hace falta mucho.

El truco está en saber apreciar lo bueno de la vida.

 

 

 

 

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