Fundació ProidebaNoticiasPROYDERuandaVoluntariadoVoluntariado Internacional

Primera crónica del voluntariado en Ruanda.

Hay viajes que comienzan cuando el avión despega, y otros que empiezan mucho antes, en las ilusiones compartidas, en los nervios de los preparativos y en las ganas de descubrir una realidad diferente. Nuestra experiencia en Ruanda comenzó el 18 de julio, cuando todo el grupo nos reunimos en Madrid para iniciar una aventura que, sabíamos, iba a dejar huella en nosotros.

Tras una larga noche de viaje, haciendo escala en Etiopía, aterrizamos en Ruanda la mañana del 19 de julio. El cansancio desapareció en cuanto cruzamos las puertas del aeropuerto. Allí nos esperaba una bienvenida sencilla, pero profundamente significativa: un ramo de rosas para cada uno de nosotros. Un gesto delicado que nos recordó que la hospitalidad no siempre necesita grandes palabras; a veces basta con una sonrisa, una mirada o una flor para hacerte sentir en casa.

Ese mismo día conocimos a los Hermanos de La Salle de Kisaro, quienes nos acogieron con los brazos abiertos y nos hicieron sentir parte de su comunidad desde el primer instante. Compartimos conversaciones, risas y las primeras impresiones de un país que empezábamos a descubrir. Por la tarde nos desplazamos hasta La Salle de Byumba, donde vivimos un momento inesperado pero muy especial: ver la final del Mundial entre España y Argentina junto a los Hermanos de Kisaro y Byumba. Más allá del resultado del partido, fue una oportunidad para compartir un rato de convivencia, comprobar que el deporte también une culturas y comenzar a crear vínculos que esperamos conservar mucho tiempo.

El 20 de julio llegó el momento de conocer el lugar donde desarrollaremos gran parte de nuestro voluntariado: el colegio de La Salle Kirenge. Recorrimos las instalaciones, saludamos al profesorado y tuvimos los primeros encuentros con los alumnos. Sus sonrisas, su curiosidad y su cercanía hicieron que cualquier barrera del idioma pareciera mucho más pequeña. Durante la jornada organizamos las funciones de cada voluntario, compartimos ideas y comenzamos a imaginar cómo podríamos aportar nuestro pequeño granito de arena durante estas semanas.

El 21 de julio empezamos por fin las clases. Cada uno se incorporó a diferentes etapas educativas, rotando antes y después del recreo para poder conocer a más alumnos. Fueron horas intensas de lectura, juegos, deporte, canto y baile. Descubrimos que enseñar también significa aprender; que una canción puede convertirse en un idioma común y que una sonrisa tiene la capacidad de romper cualquier distancia cultural. Poco a poco dejamos de ser visitantes para empezar a formar parte de la rutina del colegio.

Al día siguiente, al regresar de la escuela, nos invitaron a participar en la celebración de los estudiantes que habían finalizado los exámenes nacionales. Compartimos con ellos un momento cargado de ilusión y orgullo. Ver la alegría con la que celebraban el final de una etapa nos recordó el valor que tiene la educación y el enorme esfuerzo que muchos jóvenes realizan para seguir construyendo su futuro. Fue una celebración llena de música, bailes y agradecimiento, en la que nos sentimos afortunados por poder acompañarlos.

El viernes aprovechamos la tarde para conocer un poco mejor Byumba. Nos desplazamos en las populares moto-taxi, toda una experiencia que nos permitió recorrer la ciudad desde otra perspectiva. Paseamos por el mercado, observamos el ritmo cotidiano de sus calles y nos dejamos sorprender por la vida que las llena. Los colores de los puestos, las conversaciones entre vecinos, la cercanía de la gente y la sencillez de lo cotidiano nos invitaron a detenernos y mirar con otros ojos. Viajar también consiste en aprender a apreciar aquello que para quienes viven aquí forma parte de su día a día.

Para cerrar esta intensa primera semana, el domingo tuvimos dos eventos: asistir a una misa ruandesa y tuvimos el privilegio de asistir a una boda tradicional ruandesa. Ambas permitieron acercarnos a la riqueza cultural del país. La música, los bailes, la vestimenta, los símbolos y la importancia de la familia hicieron de la ceremonia un momento lleno de significado. Nos sentimos muy bien acompañados y profundamente agradecidos por haber sido acogidos en una celebración tan especial, viviendo desde dentro una tradición que habla de comunidad, respeto y alegría compartida.

Al echar la vista atrás, nos damos cuenta de que en apenas unos días hemos vivido mucho más que un viaje. Hemos conocido personas que nos han abierto las puertas de sus casas y de sus corazones, hemos empezado a comprender una cultura diferente y hemos descubierto que el voluntariado no consiste únicamente en ofrecer nuestro tiempo, sino también en dejarse transformar por cada encuentro.

Nos queda mucho camino por recorrer, muchas historias por escribir y muchas personas por conocer. Pero si algo nos ha enseñado esta primera semana es que las experiencias más valiosas nacen de los pequeños gestos, de la escucha, de la convivencia y de la capacidad de mirar al otro con el corazón abierto.

Seguimos caminando, aprendiendo y creciendo juntos. Esto no ha hecho más que empezar.

Deja una respuesta