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Segunda crónica del voluntariado en Ruanda.

Poco a poco vamos sintiendo que Ruanda empieza a ser también un poco nuestro hogar. Cada mañana llegamos al colegio con más confianza, conocemos mejor a los alumnos y profesores y seguimos descubriendo que las pequeñas experiencias del día a día son las que hacen más especial este voluntariado.

Durante esta semana hemos continuado impartiendo actividades en los diferentes niveles del colegio. Hemos compartido momentos de lectura, deporte, canciones y juegos, adaptándonos a las necesidades de cada clase. Con el paso de los días se crean nuevos vínculos con los alumnos y comprobamos que enseñar también significa aprender de ellos, de su alegría, su entusiasmo y su forma de afrontar cada jornada.

Las tardes también han sido muy productivas. Siempre que la lluvia nos lo ha permitido, hemos colaborado en pequeñas mejoras del colegio. Entre brochas y pintura hemos renovado las líneas del campo de voleibol, aportando nuestro granito de arena para que los alumnos puedan seguir disfrutando de este espacio. Son gestos sencillos que también forman parte de la misión de cuidar la comunidad que nos ha acogido.

Además, hemos aprovechado algunos momentos libres para seguir conociendo la cultura ruandesa. Hemos realizado pequeñas excursiones y visitado algunos bares locales, donde hemos probado comidas típicas como las samosas y las famosas urusendas, unas guindillas amarillas que nos hicieron descubrir el auténtico significado del picante. Compartir estos momentos nos permite acercarnos a la vida cotidiana del país y disfrutar de nuevas costumbres y sabores.

El domingo tuvimos la oportunidad de asistir a la celebración y la misa organizadas en honor al Hermano Julien. Fue un momento muy emotivo, vivido junto a la comunidad, en el que pudimos conocer un poco más la historia y los valores que unen a la familia lasaliana.

Con cada semana que pasa confirmamos que esta experiencia va mucho más allá del trabajo en el colegio. Cada conversación, cada sonrisa y cada pequeño gesto nos ayudan a crecer como personas y nos recuerdan que el verdadero sentido del voluntariado está en compartir, aprender y dejarse transformar por las personas que encontramos en el camino.

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